Reconocimiento de Jerusalem como capital de Israel

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Que el fuego del idealismo de los macabeos nos guíe para crear una Jerusalem unida que sea reconocida por todos como la capital de Israel.


Si Dios quiere, esta vez será diferente.

Si tan sólo los políticos tomaran con seriedad el verdadero sentido del milagro de Januca, podríamos finalmente atestiguar la realización de la tan esperada promesa. Después de todo, ¿cuánto tiempo puede mantenerse una nación como la única del mundo a la que se le niega el derecho de elegir su propia capital, y cuánto tiempo puede negársele a un pueblo un derecho histórico de 3000 años?

El año 1996 marcó oficialmente los “tres milenios de Jerusalem, la ciudad del Rey David”. En reconocimiento a este hito, el Congreso de los Estados Unidos aprobó el Acta de Reposicionamiento de la Embajada Estadounidense, para que ésta fuese trasladada de Tel Aviv —donde se encuentra actualmente— hacia la capital declarada del Estado Judío, Jerusalem. La ley fue aprobada por el Senado con una votación de 93 contra 5, y en la Casa de los Representantes por 374 contra 37. Fue establecido un cronograma para la implementación de esta normativa: el reposicionamiento ocurriría no después del 31 de mayo de 1999.

¿Cuánto tiempo puede mantenerse una nación como la única del mundo a la cual se le niega el derecho de elegir su propia capital?

Pero sin embargo, aún estamos esperando. La ciudad a la cual han regresado aquellos más devotos después de miles de años de exilio y dispersión, la ciudad por la cual los judíos han estado de duelo durante milenios (al no poder hacer los peregrinajes comandados tres veces al año) y que hoy se regocijan en su reconstrucción, la ciudad que nunca ha dejado de ser considerada por los judíos como la más sagrada del mundo… sigue siendo la única ciudad del mundo a la que se le niega el estatus de ‘capital’ conferido por su propio país.

A pesar de la ley, los distintos presidentes de Estados Unidos han aplicado una prerrogativa presidencial para firmar una exención que los excluya de actuar en base a la directiva del congreso. Los presidentes Clinton, Bush y Obama han argumentado que no es el momento apropiado para antagonizar al mundo árabe mediante una acción que reconozca la ancestral conexión entre Jerusalem y el pueblo judío.

Cada uno de los presidentes que han ignorado el Acta de Reposicionamiento de la Embajada Estadounidense lo hicieron a pesar de haber transformado dicha movida en una parte significativa de sus campañas presidenciales.

Es más que irónico que en Estados Unidos haya 18 ciudades nombradas en honor a Jerusalem, y 32 “Salem” —siendo Salem la forma acortada de Jerusalem—, pero que el gobierno aún piense que su seguridad nacional se vería amenazada por el reconocimiento de la Jerusalem original en la tierra de Israel.

El argumento de “seguridad nacional” como la razón detrás de la negativa presidencial de honrar el mandato constitucional, tiene sus raíces en una visión errada de los problemas del Medio Oriente que continúa afectando a los supuestos expertos. “No osemos despertar la rabia árabe”, dice la teoría, como si la misma existencia de Israel —y no el reconocimiento de Jerusalem como su capital— no fuera el verdadero problema. En lugar de utilizar la verdad como nuestra base para la toma de decisiones, sólo tememos “el odio del mundo árabe, la respuesta de las muchedumbres árabes”.

La historia de Januca es una historia de coraje, el coraje de los pocos en contra de los muchos. Los macabeos, Matitiahu y sus cinco hijos, lograron con éxito liderar al pueblo judío hacia una milagrosa victoria porque sabían que pelear por la santidad de Jerusalem era una misión divina, una misión que no podían ignorar, una misión en la cual no debían temer un resultado negativo.

Januca nos dice que la luz espiritual arde mucho más allá de lo imaginable o posible mediante las leyes de la naturaleza. El aceite que debería haber ardido por menos de un día en aquella historia continuó emitiendo su sagrado brillo durante ocho días hasta que pudo ser repuesto.

Esa misma luz, el fuego del idealismo y el optimismo de los macabeos y de los sacerdotes que rededicaron el Templo de antaño, continúa hasta hoy en día guiándonos hacia la creación de una Jerusalem unida que finalmente sea reconocida por todos los pueblos del mundo como la capital no sólo de Israel, sino de todas las naciones que algún día vendrán a rezar al lugar que fuera bíblicamente designado como una “ciudad de paz”.

El nuevo presidente de Estados Unidos también ha prometido firmemente que tendrá el coraje de acatar la ley del congreso en lo que respecta a Jerusalem. Recemos para que pueda mantener su palabra.