Marcel Marceau: Un trozo de vida para la vida


Me llegan noticas de los homenajes y evocaciones que Francia prepara para honrar a su máxima figura de mimo: Marcel Marceau, quien en realidad se llamaba Mangel de apellido y, como tantos judíos del norte de Francia, tuvo que huir de las hordas nazis participando en la Resistencia y salvando muchas vidas a riesgo de la propia existencia. Marcel dijo, en una de las escasas ocasiones en las que habló de ellas, las víctimas, que cuando regresaron los sobrevivientes de los campos de muerte un silencio atroz los aureolaba. No podían hablar y si acaso lo hacían era difícil que se les entendiese entre sollozos y suspiros de dolor. ¿Cómo, por tanto, podía atreverse a hablar él en sus espectáculos, que había perdido a su padre en la  cámara de gas y había ido de aquí para allá esquivando el terror?  Cuando eso ocurrió apenas era un adolescente que adoraba a Chaplin y lo imitaba, un genio de la gestualidad, un maestro de lo tácito, un príncipe de la belleza muda que consagraría décadas a hacer sonreír a los niños  y asombrar a los mayores. Cuando eso sucedió el niño que había sido y el adolescente que era se encontraron en la encrucijada, enfrentados a un odio ancestral que, por otra parte, aún no ha cesado. Era una gota de vida en el imparable océano de muerte cuyo negro oleaje estaba sumergiendo a Europa en el mayor baño de sangre de su milenaria historia.

Al  cambiar su apellido Mangel por Marceau, tal vez y sin saberlo estaba rozando en un lapsus linguae la palabra francesa pedazo, trozo: morceau, que era lo que quedaba de las antaño prósperas comunidades judías: apenas si vestigios heridos, refugiados de aquí y allá-como el mismo Elie Wiesel-, personas  de brazos numerados, angustiadas y famélicas cuya desorientación no tenía límites como ilimitado había sido el dolor al que había sido forzados. Es imposible calibrar el bien que Marcel Marceau hizo a públicos que, embelesados por su maestría, sentían que en la ingravidez de sus expresiones flotaba, aún y así, la gracia. Claro que destilaban, sus actuaciones y casi siempre, una tristeza profunda, pero no había impotencia en su labor sino el profundo deseo de hacerles un lugar a los fantasmas de los muertos. Fue minimalista antes de que ese estilo existiera, casi japonés en su laconismo. Avanzaba en el escenario como una nube en el cielo de la nada, asumiendo en su interior la promesa de que basta muy poco para evocar el todo.

También nuestro muro, el kótel, lo que queda de la valla exterior del Segundo Templo, es un trozo de lo que fue, pero está tan lleno de vida, tan pletórico de mensajes diminutos que ningún desprecio y ninguna negación lo borrará de nuestra memoria. Debemos recordar que Marcel Marceau fue un héroe antes de ser un mimo, un ser de enorme compasión antes de subirse a los escenarios para disolver, en la mente de los demás, lo que las palabras ocultan y transformándolos, siquiera durante un tiempo limitado, en ángeles a pesar de sí mismos. Ningún pueblo sobre la tierra como el pueblo judío ha devuelto tanto bien a cambio del mal que sufrió  a manos de sus enemigos. Sin embargo, eso, que debería producir gratitud-sobre todo en Europa-, va camino de producir Pilatos en serie, es decir lavadores de manos llenos de indiferencia y ninguna vergüenza. Hay una elocuencia verbal y una elocuencia silenciosa, de la que Marcel Marceau fue un eximio intérprete. Bebamos un poco de vino en su memoria y digamos, una vez más, lejaim. Por la vida.