Curso Rápido de História Judía: La Reunión

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crhjparte8_230x150-spPara remediar la enemistad familiar, Yosef creó el escenario para una gran prueba.


Justo en el medio de la historia de Yosef sucede algo muy interesante en la Torá. De repente, la historia se detiene. Abandonamos a Yosef y regresamos a la tierra de Canaán para relatar la historia de Yehuda, el cuarto de los doce hermanos, quien era un líder natural en la familia. Y no es claro en primera instancia por qué necesitamos conocer esta parte de la vida de Yehuda en este momento de la narrativa (ver el libro de Génesis, capítulo 38).

Nos enteramos de que Yehuda se casó con una mujer que dio a luz a tres hijos; el mayor se casó con una mujer llamada Tamar y luego murió. En la ley judía existe un concepto llamado ibum. Si un hombre muere sin hijos, es un mandamiento que su hermano se case con la viuda para perpetuar su nombre (1). Como consecuencia, el segundo hijo se casó con Tamar, y también murió. Tamar estaba por casarse con el tercer hermano, pero Yehuda trató de evitarlo, ya que temía la misma suerte para su hijo menor. Al darse cuenta de que Yehuda no iba a respetar la ley y viéndose envejecer sin hijos, Tamar decidió hacerse cargo del asunto.

Tal cual lo cuenta la Torá, Tamar se disfrazó de prostituta y esperó que Yehuda pasase a su lado. Yehuda le prometió una cabra en pago por sus servicios. Ella retuvo su bastón y su sello como garantía, pero cuando él llegó con la cabra, la “prostituta” no se encontraba por ningún lado.

Poco después, se descubrió que Tamar estaba embarazada y fue sentenciada a muerte por su promiscuidad. A pesar de su situación, Tamar no avergonzó a Yehuda revelando que él era el padre de su hijo. En cambio, le envió el bastón y el sello con el siguiente pedido: “por favor, reconoce a quién pertenece esto”.

Esas son las mismas palabras que Yehuda le había dicho a su padre, Yaakov, cuando, después de haber vendido a Yosef como esclavo, él y sus hermanos tomaron el abrigo de Yosef y lo salpicaron con sangre de cabra. En ese entonces habían dicho que Yosef probablemente había sido devorado por animales salvajes. Con este lenguaje paralelo, a Yehuda se le estaba dando un indicio de que su rol de líder en la venta de su hermano fue un terrible error.

Y Yehuda confesó: “Ella es más recta que yo”.

Con su confesión de culpa, Yehuda se convirtió en la primera persona en la Torá en aceptar la responsabilidad voluntariamente, transformándose así en el ejemplo máximo del arrepentimiento sincero y absoluto. En este aspecto es el modelo de líder judío, y el manto de la realeza pertenecerá por siempre a la tribu de Yehuda. Sus descendientes (que vienen de la relación con Tamar) serían el rey David y el rey Salomón, como también el mesías que vendrá al final de los días (2).

A pesar de que la historia de Yehuda y Tamar es atípica, el hecho que sea mencionada ilustra otro aspecto único de la Torá. En general hay muy poco registrado sobre ese período de tiempo, y lo poco que sí se ha encontrado está muy lejos de lo que llamaríamos historia objetiva. Un buen ejemplo es el registro de los reyes de la Mesopotamia: de acuerdo a esos registros, la genealogía de esos reyes llega hasta los dioses, y los reyes mismos son generalmente descritos como legisladores perfectos. Por otro lado, la Torá es única por su objetividad y por su trato hipercrítico tanto respecto al pueblo judío como a sus líderes. Como el propósito de la Torá es educar, nada es pasado por alto o encubierto. No hay cosas bajo la alfombra. Todos son ubicados en primera fila para que los vean. El escritor judío inglés Israel Zangwill lo expresó hermosamente: “La Torá es un libro antisemita. ‘Israel es el villano, y no el héroe, de su propia historia’. Única entre las epopeyas, está ahí para buscar la verdad y no para enaltecer grandes héroes” (3).

La escena ahora estaba lista para el arrepentimiento de los hermanos y su reunión con Yosef.

La Hambruna

Mientras tanto, había llegado la hambruna. Y no afectó sólo a Egipto, sino que también a todo el antiguo medio oriente; pero Egipto – gracias a la previsión de Yosef – era el único lugar que tenía granos almacenados.

Yaakov envió a Egipto a los hermanos de Yosef en busca de provisiones, conservando sólo a uno de sus hijos con él. Ignorando que Yosef seguía vivo, Yaakov tenía miedo por la seguridad de Benjamín, quien era hermano de Yosef también por el lado materno y único hijo sobreviviente de Rajel, la esposa favorita de Yaakov.

Los hermanos llegaron a Egipto y se reverenciaron ante el virrey, sin darse cuenta de que en realidad se trataba de su hermano perdido, a quien habían vendido como esclavo. Después de todo, cuando lo vendieron era un chico de 17 años y ahora tenía casi 40 y estaba vestido como el virrey de Egipto.

A esta altura de la narrativa, Yosef podría tranquilamente haberse revelado, pero no lo hizo. En cambio, mantuvo su identidad en secreto y colocó a sus hermanos en uno de los dramas más interesantes y emocionales de toda la Torá.

Yosef se dio cuenta que el odio de sus hermanos le había presentado un peligro mortal en el pasado, y que si era dejado sin tratar sería un peligro eterno para el pueblo judío en el futuro. A menos que reconocieran su error, sintieran remordimiento y cambiaran, este odio podría reaparecer durante toda la historia. Él sabía que debía forzar a sus hermanos a hacer teshuvá – arrepentirse.

Maimónides, el gran sabio judío medieval, explica el camino judío para el arrepentimiento: Primero, debes reconocer que te has equivocado. Luego, debes comprometerte a nunca hacerlo de nuevo. Pero el verdadero desafío es cuando te encuentras en la misma situación y no repites tu error. Sólo ahí habrás probado que cambiaste en realidad.

Eso es exactamente lo que sus hermanos debían hacer, y Yosef se dio cuenta que tenía una gran oportunidad para poner a sus hermanos en la misma situación, cosa de lograr que tomasen responsabilidad por sus errores pasados y erradicasen el daño causado por sus celos fraternales.

La Prueba

Entonces, primero los acusó de ser espías. Ellos insistieron que no lo eran, argumentando que tan sólo eran un grupo de hermanos de la misma familia, y que en su casa estaban su padre y otro hermano.

Si esto es verdad, dijo Yosef, deberían volver y traer con ustedes al otro hermano.

Ahora los hermanos estaban empezando a entender que todo esto les había ocurrido por lo que le hicieron a Yosef. Ahora tenían que traer a Benjamín, y bien sabían que si algo le ocurría a él, eso mataría a su padre.

Pero Yosef insistió y los hizo volver para que trajesen a Benjamín. Después puso una copa de plata en la bolsa de Benjamín y los acusó de robo. Sin embargo, ofreció dejar a los hermanos en libertad y castigar sólo a Benjamín, tomándolo como esclavo.

Esta era la prueba – ¿le darían la espalda a su hermano para salvarse?

Pero ellos habían cambiado, y no cometerían el mismo error. Yehuda discutió fervientemente y se ofreció a sí mismo como esclavo en lugar de Benjamín (4).

Con esto, Yosef comenzó a llorar y por fin reveló su verdadera identidad: “Soy Yosef, ¿mi padre sigue vivo?”.

Este es uno de los grandes momentos en la Torá, cuando los hermanos miraron conmocionados a su hermano perdido, quien se había convertido en virrey de Egipto.

Plan Divino

Cuando se desvaneció la conmoción, probablemente lo primero que se les pasó por la cabeza a los hermanos de Yosef fue: “estamos muertos”. Pero Yosef no tenía intenciones de venganza, e hizo una afirmación que es claramente una de las más importantes para entender la historia judía:

Y ahora, no se entristezcan ni sea motivo de enojo entre ustedes el hecho de que me vendieron, pues para sustentarlos me envió Dios delante de ustedes. Pues han sido dos años de hambruna en la tierra, y todavía faltan cinco años en los que no habrá arado ni siega. Y Dios me ha enviado delante de ustedes para proporcionarles supervivencia en la tierra y sustentarlos para que haya gran salvación. Y ahora: no han sido ustedes quienes me enviaron aquí, sino Dios; Él me ha puesto como padre del Faraón, y como señor de toda su casa y gobernante en toda la tierra de Egipto (Génesis 45:5-8).

Uno de los dichos más grandiosos de los rabinos que explica la historia judía es la idea de que: “Dios envía el remedio antes que la enfermedad” (5).

En el comienzo de esta serie, discutimos la idea de la historia como un proceso controlado que conduce a un destino. Nuestras decisiones hacen una diferencia, pero se nos promete que alcanzaremos nuestro destino final. Por eso, más allá del camino que tomemos, Dios siempre asegurará que sus objetivos sean cumplidos. Pondrá las piezas en su lugar. Ahora, mientras se desarrollan los eventos, no vemos dónde y cómo encajan las piezas, pero cuando termine todo, veremos que todo tenía una razón de ser.

Yosef, que era una persona muy inteligente y que poseía una tremenda fe en Dios, se dio cuenta de que todo lo que había atravesado en los últimos veintidós años – como su encarcelamiento y su ascenso a virrey – todo era parte de un plan Divino. Tenía que ir a Egipto porque era parte de un gran proceso cósmico que sólo se volvió claro al final de la historia.

Rompecabezas

La historia judía (y la humana) es como un gran rompecabezas con seis mil piezas. Al principio, cuando las piezas son arrojadas sobre la mesa, no tienen sentido, pero al final podemos ver que todas encajan perfectamente. No falta ni sobra nada. Cada pieza tiene un propósito y un lugar.

Esta es la perspectiva judía sobre la historia. Todo encaja. No hay accidentes. Todo se une en armonía. Cada evento tiene un propósito en el plan infinito de Dios, y cuando éste sea completado, miraremos hacia atrás y veremos que todo tenía sentido y que ahora calza perfectamente.

Yosef sabía esto. Le envió un aviso a su padre y Yaakov se llenó de alegría. Durante todos estos años había pensado que su hijo estaba muerto. Y tuvieron una reunión dramática. Todo Egipto fue a ver la familia del virrey. Y a su vez ellos se reverenciaron ante Yosef, cumpliendo así con la profecía.

Luego el Faraón invitó a toda la familia a vivir a Egipto, y así hicieron. La Torá dice que 70 individuos entraron a Egipto: Yaakov, sus 12 hijos, sus esposas y sus hijos. La futura nación judía había arribado a Egipto.

Fueron bienvenidos. Les dieron la mejor propiedad en la tierra de Goshen. Se asentaron felizmente y prosperaron. Todo parecía ir bien hasta que los egipcios vieron que les estaba yendo demasiado bien.

Pero cuando el libro de Génesis termina – con las muertes de Yaakov y Yosef – todavía todo estaba bien. Los problemas llegarían recién en el libro de Éxodo.


(1) Esta ley tiene muchos detalles en los que no vamos a entrar. La costumbre de ibum no se practica en el mundo judío moderno.

(2) Ver: Bereshit Rabá 85:5.

(3) Gabriel Sivan, “The Bible and Civilization” (Jerusalem: Keter Publishing House, 1973), página 10.

(4) Es interesante notar que los midrashim (exégesis bíblica) indican que aunque los hermanos deseaban luchar por Benjamín, también sospecharon, en algún nivel, que él era un ladrón. Pareciera ser que en el momento en el que alcanzamos el clímax de la historia, los hermanos no habían trabajado totalmente en su odio y desconfianza, pero Yosef ya no podía contenerse más. Tal vez si Yosef los hubiera presionado un poco más, hubieran eliminado el odio para siempre y la historia judía hubiera tomado una dirección muy diferente y menos dolorosa. Ver: Midrash Rabá, Miketz 92:8.

(5) Talmud Meguilá, 13b.