La palabra es un arma

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A falta de fuerza física, desde pequeña yo aprendí a atacar con las palabras.


Tengo una imagen clara de la primera pelea con mi hermana: yo estaba en el vientre de mi madre y mi hermana —que en ese momento tendría unos cuatro años— se acercó y la mordió en la panza.

La imagen clara la obtuve gracias al centenar de veces que me contaron esa anécdota. Mi tía cuenta que luego de la mordida yo pateé desde el útero durante varias horas. Mi mamá, por el contrario, sostenía que dejé de moverme y tuvo que correr a la guardia médica a hacerse una ecografía. Yo inventé mi propia versión —para imitar al coronel Aureliano Buendía— y en cada oportunidad que se presenta cuento la historia de cómo le grité a mi hermana desde el vientre.

Una ametralladora invisible

Mi hermana me lleva cinco años, por lo que en nuestras peleas infantiles ella tenía una marcada ventaja física: me arrancaba la muñeca de las manos con facilidad o rompía la torre de legos sin que yo pudiese evitarlo.

A falta de fuerza física yo aprendí a atacar con las palabras. Desarrollé una lengua filosa que como una ametralladora disparaba cientos de balas por minuto.

Si me sentía atacada, aguzaba la lengua. Enfocaba los puntos débiles de la víctima y arremetía con precisión alucinante. Ratatatata, eres mala en el estudio. Ratatatata, te mereces que nadie te quiera. Ratatatata, tienes un grano en la cara.

Una espada de doble filo

Mi hermana y yo crecimos y dejamos de pelear por las muñecas, pero yo seguí atacando con las palabras. Lo que se aprende en la niñez tiene un impacto profundo y una vez que la lengua se desata es difícil volver a controlarla.

Durante muchos años esa insensibilidad se convirtió en parte de mi personalidad. Por supuesto dejé de hablar como una niña mal educada, pero adopté formas sutiles de violencia verbal. Con balas de menor calibre, seguía disparando.

No le decía a nadie en la cara que me parecía un torpe, pero ponía cara de impaciente cuando la persona delante de mí no podía desenganchar el carro del supermercado.

No mencionaba que el trabajo práctico de mi compañero me parecía horrible, pero chasqueaba la lengua y arrugaba la nariz cuando me preguntaba si me gustaba.

Me anticipaba a contar el final de un chiste para demostrar mi inteligencia.

Desvalorizaba los logros ajenos contando una hazaña propia que los superaba.

Bostezaba en mitad de una conferencia.

Llamaba a alguien por su apodo, aunque sabía que le molestaba.

Ponía los ojos en blanco cuando una abuela no se arreglaba con el cajero automático del banco.

Me reía de un tropezón, me burlaba de un error ortográfico, menospreciaba las opiniones ajenas. Ratatatata. La lista es larga.

Hay miles de maneras en las que sin darme cuenta hería a las personas que me rodeaban.

Lo extraño es que no sentía las cosas que decía. Pensaba que las palabras eran como pompas de jabón que explotaban en el aire sin dejar rastro.

Creía que a las palabras se las lleva el viento, pero la vida me demostró que ese viento, sopla para adentro.

Mis palabras siguen allí y su eco se escucha en todas mis relaciones. En especial en las de la gente a quien más quiero.

Volver y revolver

Desde hace un tiempo estudio diariamente las leyes de onaat devarim(causar daño con nuestras palabras) para intentar corregir ese rasgo deplorable de mi carácter.

El precepto de no lastimar con las palabras se aprende del versículo en Levítico (25:17): “Lo sonu ish et amitó” (no agredirá el hombre a su compañero) y aunque a primera vista parece fácil de cumplir, está lleno de vericuetos por donde las palabras hirientes se nos escapan.

El Rey Salomón escribió: “hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada, pero el habla del sabio es medicina”.

Yo quiero curarme. Cada día que pasa me avergüenzo más de la manera en la que hablaba cuando estaba enojada, cansada o de mal genio.

Aprender a utilizar mis palabras para construir en lugar de destruir es una de las cosas más difíciles que me propuse en la vida. También es lo que más quiero. Ahora mismo, si pudiese pedir un deseo, sería que quienes me rodean, nunca y de ninguna manera salgan lastimados.