Trasladar la Embajada de los Estados Unidos a Jerusalén: Una gran oportunidad para el nuevo presidente


Trasladar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén sería un buen ejemplo del tipo de cambio de política que el presidente electo Donald Trump ha dicho que se necesita en Washington. Más importante aún, esta acción podría marcar una nueva estrategia estadounidense para perseguir la paz israelí-palestina: Diciendo la verdad.

El Departamento de Estado de Estados Unidos, que siempre se ha opuesto al traslado de la embajada estadounidense en Israel desde Tel Aviv a Jerusalén, entiende muy bien que cualquier acuerdo de paz entre Israel y los palestinos dejará al menos a Jerusalén occidental como capital de Israel y como parte de Israel. Entonces, ¿por qué el Departamento de Estado, sin embargo, aconseja al presidente electo, Donald Trump, que no cumpla con su promesa de trasladar la embajada?

Mover la embajada a la actual capital de Israel provocaría la ira árabe hacia los Estados Unidos y conduciría a protestas que podrían hasta volverse violentas. El establishment de la política exterior desea evitar este resultado protegiendo la condición de “intermediario honesto” de Estados Unidos. Por lo tanto, sigue insistiendo en que, puesto que el estatus definitivo de Jerusalén sólo puede determinarse mediante un acuerdo entre Israel y los palestinos y que sería erróneo EEUU “prejuzgar” el resultado actuando sobre la verdad… que la capital de Israel es Jerusalén.

Este es un ejemplo perfecto del tipo de establishment políticamente correcto contra el que Trump dice que lucharía. Trasladar la embajada a Jerusalén es una acción de bajo costo que podría adoptar tan pronto como se inaugure, y uno de los cambios más fáciles y rápidos en la política norteamericana que podría implementar. El nuevo consulado estadounidense en Jerusalén fue construido con elementos de seguridad que serían necesarios y propios de una embajada, por lo que la medida podría iniciarse casi de inmediato, sin perjuicio de la reivindicación palestina sobre Jerusalén oriental.

La insistencia del Departamento de Estado en la “ficción diplomática” que ninguna parte de Jerusalén forma actualmente parte de Israel ayuda a preservar la esperanza palestina que algún día Israel se verá obligada a abandonar su capital y que será destruida como Estado judío independiente y democrático.

Esa esperanza palestina es el principal obstáculo para la paz. Los palestinos sólo pueden hacer la paz cuando su comunidad – y tal vez el mundo árabe del que forman parte – llegue a comprender que la presión internacional nunca obligará a Israel a aceptar su propia destrucción. Una de las mejores maneras en que Estados Unidos puede demostrar que nunca aceptará la destrucción palestina de Israel es que Washington deje de ignorar las mentiras flagrantes palestinas que actúan en contra de la paz.

Es otra manera en donde una estrategia de decir la verdad por parte estadounidense puede fomentar la paz. El liderazgo palestino ahora le dice a su pueblo – y la mayoría cree que el compromiso con Israel sería inmoral porque Israel es un invasor colonial que robó la tierra palestina por la fuerza. Por ese argumento, Israel no tiene ninguna reivindicación moral a ninguna de las tierras, y cualquier concesión hacia ella sería deshonrosa.

Pero este Israel es descendiente de los reinos judíos que gobernaron partes de la tierra durante siglos en la antigüedad. También tiene una base tradicional para sus reclamaciones morales sobre el territorio (además de las reclamaciones legales del mandato de la Sociedad de Naciones). Si los palestinos reconociesen esta verdad, verían que el compromiso entre los dos grupos, cada uno de los cuales tiene reivindicaciones válidas sobre la tierra, podría ser una manera honorable de terminar la disputa y no un cobarde ceder a la fuerza.

Para socavar esta base moral para llegar a un compromiso con Israel, el liderazgo palestino niega rotundamente cualquier conexión judía antigua a la tierra. Afirman, por ejemplo, que nunca hubo un templo judío en el Monte del Templo desde donde Jesús pudo haber perseguido a los cambistas. Sin embargo, su propia historia desmiente esta afirmación. En 1929, el Consejo Supremo Musulmán en Jerusalén, en su guía para el Monte, escribió: “La identidad del [Monte del Templo] con el lugar del Templo de Salomón es indiscutible”.

Es posible que los Estados Unidos no puedan inducir a la Autoridad Palestina a dejar de incitar a sus ciudadanos y a enseñar a sus hijos a odiar a Israel. Pero hay maneras en que Estados Unidos puede exponer y finalmente derrotar las mentiras palestinas que actúan contra la paz; Formas que no requieren obtener el acuerdo de nadie.

La exploración de estos nuevos enfoques constituiría un cambio notable en la dirección diplomática. Hay muchos ejemplos de Occidente, en donde se rechaza la verdad en nombre de los palestinos y sus partidarios árabes. Por ejemplo, algunos países occidentales se unieron a la reciente negación por la UNESCO de cualquier antigua conexión judía con la tierra de Israel. Estados Unidos ignora cortésmente la mentira palestina que nunca hubo un templo judío en el Monte del Templo.

Si Estados Unidos constantemente dice la verdad sobre la antigua presencia judía en Palestina y se niega públicamente a “tragarse” las falsedades anti-paz de los palestinos acerca de la historia, los líderes palestinos no podrán por mucho tiempo mantener la mentira a la hora de hablarle a su pueblo, o por lo menos, no cuando le habla a la clase educada.

Estados Unidos ha seguido una política de evitar las verdades dolorosas o vergonzosas para los árabes durante al menos 50 años. No ha funcionado. Tal vez es hora de probar la estrategia de decir la verdad. Trasladar la embajada de los Estados Unidos a Jerusalén, de acuerdo con la posición de larga data en el Congreso, sería una buena manera para que el Presidente Trump comience una estrategia para contar la verdad, así como para cumplir una de las promesas de su campaña electoral.


** – El Dr. Max Singer es asociado de investigación en el Centro de Estudios Estratégicos Begin-Sadat, es cofundador del Hudson Institute, con sede en Washington.